Hoy soñé con un café…El Mío

Hoy me he levantado con la ilusión de un sueño. Un sueño que llevo años teniendo, pero al que hacia mucho que no volvía.
Uno de mis tantos sueños salidos de ninguna parte, sin lógica ni estrategia…Un proyecto imaginario, que a veces vaga por mi mente haciéndome sonreír.
Mi sueño de abrir mi propia cafetería:
  • Harta de los abusos de las grandes franquicias como Starbucks (al cual he jurado no volver)
  • Apostando por el comercio local y los cafés amigos que repliegan las esquinas de mi adorado Madrid, y que descubro las tardes que me da por perderme.
  • Astiada de la pérdida de sabores reales entre tanto amasijo industrial, productos químicos y calorías yankees.
  • En búsqueda del verdadero trato entre camarero y cliente, de respeto, de confianza, de familiaridad;  en un sitio donde volver es lo habitual no lo extraño y al que traer a las personas más especiales de tu entorno.

Un espacio donde unir lo mejor de cada cultura, el amor por los detalles vintage, el diseño (empezando por la decoración y el interiorismo). Un salón de todos, fuera del hogar.

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Sueño con una terraza con mesas de hierro blancas y cristal.
 Con tazas enormes en color pastel, todas diferentes en una misma mesa.
Imagen Guardaría las vajillas en armarios altos de madera vieja acristalados y crearía un espacio de préstamo de revistas especializadas: diseño, decoración, viajes, guías de ocio…El WiFi está incluido con la consumición aunque animaría a mis clientes a que cerraran esa ventana de su vida, para, al menos por unas horas, abrirse a su compañía y al resto del mundo.
Sueño con toques de flores dispares aquí y allá.
Una mesa de deliciosas pastas, bizcochos y tartaletas cocinados en el día.
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 Con sillones acolchados y mesas bajas de madera…o hasta de palés porqué no.  Donde todos los menús y cartelerías sean de pizarra y letras antiguas. Y en cuya puerta puedas aparcar tu bici para disfrutar de un café con tranquilidad.
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Nada más entrar por la puerta te invade un ambiente cálido, hogareño, distendido. Los aromas a café guatemalteco, pastelería francesa, fruta fresca y libros te embargan. Las conversaciones se alargan mientras llega el segundo café y el sol va cayendo. La luz es suave y anaranjada, los camareros se mueven a buen ritmo de un punto a otro del local, vestidos con camisetas a cuadros y mandiles hechos con restos de telares.
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Nada, ni cafés, ni bizcochos ni ningún producto de la carta podrán valer jamás más de 3 euros, y siguiendo el estilo de los clásicos cafés americanos, si pides un segundo café en la misma taza, te regalaría un bono de descuento de 0,50 céntimos para tu próxima visita.
Y por supuesto llegaría cada mañana la primera para abrir la puerta, en mi bicicleta roja, montada con una caja de repartos para llevar pastelería a domicilio.
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Por ahora me contento con inspirarme, pero sé que llegará algún día…algún día.
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